T R O T R A M U N D O S…
•Te mire por primera vez, me gusto tú mirar, tú sencillez, tú belleza. Tienes nombre de mujer.
•Siempre te amare en secreto, me tragare este silencio, mi silencio que pide a gritos que sea escupido ante todo el universo.
•Tú inspiras mi alma, mi ser, mi mundo, con solo mirarte me haces feliz con solo tocarte me enchinas la piel y estando contigo a tú lado siempre soy la mejor.
•To: Rose…
•SIEMPRE SOY LA MEJOR….
Ella asintió.Izhar le rozó el rostro con el dorso de la mano.
Ella asintió.Izhar le rozó el rostro con el dorso de la mano.
No te pongas triste. Yo te voy a hacer soñar. Te lo prometo.
Lo miró, agradecida.
No digas de quienes fueron matados en el camino del Señor:
“Están muertos”. No; están vivos, pero no los percibís---dijo Izar en voz muy baja. Cuando Nina le sonrió, curiosa, para preguntarle de qué hablaba, la besó en los labios. Quedaba en su lengua el sabor acre de la marihuana y su saliva era espesa. Sintió la lengua gruesa dentro de su boca, como una culebra, y esa sensación agresiva le provocó al mismo tiempo ansiedad y excitación. Vio el horrible azul de las paredes antes de cerrarlos ojos y la idea de estar en una habitación sórdida con un desconocido que la besaba le dio la ilusión de ser verdaderamente libre, de estar parada en el filo del mundo y ser a la vez ella misma y otra, otras, alguien distinta. Sintió también el vértigo.
Su mente empezó a trabajar de prisa. ¿Y si Izar era la amenaza que había venido presintiendo todos esos días? ¿Y si era un loco?
Tal vez, pensó mientras la lengua de Izar se movía dentro de su boca y sus manos calientes la tumbaban de espaldas a lo largo de la cama, ese hombre febril de caricias violentas iba a matarla. Tal vez sus últimas sensaciones sobre la tierra serían las provocadas por las manos de Izar desabotonando su blusa, estrujando sus senos, mordiéndolos.
Tal vez, se dijo y su miedo inexpresable tuvo un gesto benévolo con ella. Una puerta se cerró en su conciencia, alejándola de sí, como si el cuerpo que estaba siendo improbablemente amado, pero también improbablemente violado, quizás asesinado después, no fuera suyo.
Pero su sorpresa sintió cómo el desconocido se deslizaba sin dificultad dentro de ella, como si hubiera estado deseándolo durante horas, días, años. Sentía también el calor opresivo de la pequeña habitación, el sudor que pegaba su piel a la de Izar. Olía el sudor fuerte del muchacho. Percibía el hormigueo que avanzaba por sus manos mientras su mente seguía hundiéndose en la espesura. Allá afuera, le parecía que muy lejos, izar se afanaba en movimientos muy rápidos sobre un cuerpo que ya no le pertenecía.
Y ese cuerpo, ¿sentía placer? Quizás era sólo angustia, una enorme ansiedad por cruzar un umbral, vencer el vértigo que la alejaba irremediablemente de sí misma.
Las caderas de Izar se movieron con espasmos más cortos y violentos. Nina podía oír su piel bañada en sudor golpeando con la suya. Entonces él pareció regresar por un segundo de la borrosa zona de placer en que se encontraba y súbitamente se separó del cuerpo de Nina. Ella gimió, estuvo a punto de golpearlo, con una sensación atroz de dolor y frustración. Pero fue sólo un segundo, antes de que Izar adelantara su cuerpo sobre el de ella y acercara el miembro erguido y húmedo a su boca.
No pudo saber si lo deseaba o no, porque ya no habitaba dentro de su cuerpo. Su conciencia, lejana y sorprendida, la vio besar con avidez esa carne, vio caer en su cara, en su pecho, el semen de un desconocido. Lo sintió bajar por su garganta, Paladeó el sabor fuerte y excesivo de la vida; un sabor agresivo, demandante. Percibió un leve atisbo de nauseas.
Entonces su conciencia, su alma, lo que fuera, regresó a su cuerpo. Ya no creyó que Izar fuera a matarla. Sólo lo comteplaba, se comteplaba sí misma con cierta aversión tras ese acto que era la intimidad más absoluta, la unión que no conocía grietas, la forma más completa y terrible de la posesión: beberse la vida que se gestaba en el organismo de otro ser humano, en un segundo de indefensión en que ninguno de los actores de la escena podía deterge y, ambos azorados, se entregaban sin remedio a la más insoportable cercanía, la anulación de todo limite.
